jueves, 3 de diciembre de 2015

La oposición cultural a Macri




Mientras asistimos a un gobierno saliente que no puede garantizar el funcionamiento administrativo del acotado sistema de precios cuidados hasta el 10 de diciembre, la llegada de Macri al manejo de la caja obliga a las distintas fuerzas políticas que no gobiernan a reinventar su posición político-operativa frente al nuevo gobierno.

En el mediano plazo, Macri va a manejar los ritmos políticos, o por lo menos, va a ser quien esté en mejores condiciones para hacerlo. En esta instancia y desde el punto de vista instrumental, se abren dos vertientes de la forma opositora: una oposición cultural, más abstracta y conceptual, un antimacrismo de clase media bastante lineal y atemporal, que suele reaccionar de la misma manera frente a coyunturas políticas diferentes.

Por otro lado, una oposición socioeconómica de agenda, más pragmática y puntual, y por lo tanto con un origen y un impacto más policlasista (y por lo tanto) de una naturaleza más intersticial y ambigua.

Es probable que si a Macri le va “muy mal” ambas oposiciones tiendan a fundirse, pero también en ese caso la eficacia dependerá de cómo matice los ingredientes el opositor de turno. Si a Macri no le va mal, la elección de uno u otro instrumental definirá de manera bastante central la consistencia representativa de los que compitan en 2017-2019.

Lo que se ve en la víspera es que el efepeveísmo tiene una inoculación cristinista potente que trabaja por afuera del estricto “microclima mediático” y fluye a la instancia político-territorial. Quizás la “cristinización” declamativa de Scioli como único recurso electoral sea la evidencia más nítida de este callejón sin salida.

El problema no es nuevo: hace tres años y medio, en un documento de “circulación interna” donde se analizaba con detalle y todavía “desde adentro” el rumbo de la política territorial bonaerense (y que termina de confirmar que la escisión massista no fue un capricho sino el producto de un largo proceso de lecturas desapasionadas que fueron detectando sucesivas fallas en la operatividad peronista), surgía la división entre “progres” y “pragmáticos” y se mencionaba la posibilidad de que una parte considerable de los territoriales comprara “el juego nacional” de Cristina por encima de sus propios intereses y dinamitara representación. Lo que no sabíamos en ese entonces era que Scioli y gran parte del entramado institucional del PJ realmente existente también iba a comprar el yeite cristinista y que Fernández-Sabbatella sería la formula bonaerense del partido justicialista. 

Kirchner constituyó intelectualmente al efepeveismo en el cruce entre un imaginario setentista a saldar y el peronismo clasico de los cincuenta. En esa operación hay dos salteos deliberados: el de la hegemonía peronista de los ’90 y otro más central e imperdonable: el de la transfiguración operativa del peronismo en los ’80, que fija un nuevo perfil de liderazgo (que termina “explicando” a Macri, Scioli y Massa) y determina un hecho político sustancial: es ahí cuando operativamente el peronismo firma al pie de la democracia liberal y entrega los fastos intelectuales del pasado para construir una representación que le otorgue supervivencia y competitividad política.

La derrota de Scioli y la permanencia resiliente de Massa (que la maquinaria peronista oficial no pudo deglutir) explican parte del fenómeno que no saldó el kirchnerismo: en un PJ sin conducción, la tendencia de una amplia dirigencia es “mantenerse en lo conocido” que dejó el kirchnerismo en ese cruce de antiliberalismo cincuentista, jauretchismo de salón y progresismo cultural, ese “kitsch histórico” que, como dice el enorme Javier Cercas en El Impostor, no te permite leer las verdades ambiguas que ocurren en la realidad social. De ahí la naturalidad con la cual el efepeveismo, empezando por Cristina y Scioli, ya salió a ensayar la oposición cultural a Macri.

Ese flanco significativo de representación que deja afuera la opción cultural del PJ, en parte ya fue captado por Massa y constituye el centro de gravedad de sus pretensiones expansivas. La idea de una oposición más socioeconómica de “tema por tema” (ganancias, 82% móvil, primera infancia) permite construir representación de manera más genuina, más tangible frente a las apetencias electorales.

Cuando Juan Carlos Mazzón acuñó el salmo “peor que la traición es el llano” daba pista a una actualización doctrinaria que se refería al empaste estatalizado de la operatividad peronista que sembraba dudas sobre una eventual supervivencia “resistente” y certificaba el reflujo movimientista del peronismo hegemónico entre 1989 y 2015.

Ese riesgo explica por qué ahora, con Macri en el poder, las elites más lúcidas de las distintas dirigencias panperonistas pretenden afianzarse en el lugar de la “gran Cafiero” frente al nuevo presidente, descartando otras opciones más llaneras.

En esa interfase parece primerear Massa frente a otras instancias opositoras: el acuerdo con María Eugenia Vidal que le permite ocupar la presidencia de la Cámara de Diputados de la PBA representa una zona institucional de puja parlamentaria, pero también una zona política que permea hacia los municipios, en la medida de que Massa comienza a disponer de incentivos para acompañar a sostener la viabilidad de territorios que pueden quedar fuera de la oxigenación plena del presupuesto nacional.

Es un juego que recién empieza, pero que marca cuales van ser las reglas del vandorismo lúcido que se juega fuera del desierto resistente al que hoy aspira el efepevesimo, juego del cual ya participan algunos gobernadores que captaron “a tiempo” cuál era la verdadera personalidad política de Scioli  (Beder/Casas, Verna, Urtubey)  y fueron al juego directo con Macri.

Sin embargo, sería una presunción verosímil pensar que Macri también tenga reservado otro juego (y preguntarse si ahí no hay una diferencia operativa con Vidal): la carta de fogonear a Cristina como la opositora elegida, tanto si las brevas se pudren antes de tiempo, como si la llegada al medio término de 2017 es mucho mejor a lo que el gobierno espera.

martes, 24 de noviembre de 2015

El mapa y el territorio



A esta hora, en la calle inerme, en la conjunción cotidiana de “los sectores populares” y la clase media baja abandonada por el Estado, hay una sensación: se vive una desconfianza positiva hacia Macri, un aire expectante del estilo “hay que dejarlo laburar que por ahí las cosas le salen bien” bastante alejado de las pinceladas de tragedia que se insinúan en editoriales, noticieros, blogs, y de la propia mirada de aquellos sectores sociales calificados que desarrollan su idiosincrasia laboral en sincronía con alguna fase burocrática del Estado, siempre tendientes a ver las cosas desde la paternalización del voto.

Sin estridencias, sin entusiasmos, sin fatalismos y con expectativa serena, la frase que se repite en la tierra laboral negra y desprotegida es: "tenemos un nuevo presidente", un plural inclusivo que naturaliza la propia resiliencia histórica (1989, 2001) de los que ayer no votaron a Macri y comprenden que las decisiones electorales mayoritarias siempre son hacia adelante.

Macri vive su sincero plazo de gracia, ese tiempo breve que otorga la elección para evitar amortizaciones violentas. En la política moderna, los caudales electorales son cada vez más volátiles y menos determinantes a la hora de soldar capital político. La gestión define la fortaleza de un gobierno por encima de los “números”, los plazos de amortización se aceleran con independencia de los votos originarios. 

De ahí que la diferencia obtenida por Macri en el balotaje no sea tan influyente políticamente como sí lo van a ser sus primeras tres o cuatro medidas sobre la macroeconomía en estos seis meses.

Vista la trazabilidad de los votos desde las PASO al balotaje se visualiza un patrón de acumulación electoral en el cual Scioli obtenía cada vez menos votos relativos sobre la masa en disputa y Macri obtenía cada vez más. En ese sentido, la tendencia regional del balotaje es bastante previsible en el reparto de las proporciones entre región centro y provincias chicas, dejando al descubierto el problema central: la provincia de Buenos Aires.

Sobre un electorado con un 75% de tendencia panperonista, Scioli atrapó solo el 51% y Macri sumó más votos relativos sobre la masa total, a priori más inhóspita para su cartografía electoral. Ahí y no en Córdoba pierde la elección el efepeveísmo, más por razones estructurales de gestión y fallas graves de representación en el partido de gobierno que por “los momentos” de la campaña electoral.

El “empate técnico” de la PBA permite avistar un problema más interesante: el bajo catch all del PJ sobre su tierra más fértil y los votos “prestados” de Macri en una amplia zona panperonista, insinúan que en la provincia más grande del país hay un problema de representación que estos dos partidos no resuelven, y que entra en disputa de cara al 2017.

Es comprensible que con el cadáver caliente del 48% bajo la distorsión de un escenario laxo como el balotaje (sin la estrechez de la competencia real de una elección normal) se vea en Scioli un bastión defensivo frente a las tensiones internas del efepeveísmo. 

Pero esta foto impide una lectura más tangible en la cual tanto Cristina como Scioli contribuyeron a licuar la representación peronista. 

En la medida en que Ítalo Argentino Scioli se iba convirtiendo artificialmente en el “único heredero posible” (sin validación interna), éste comprendió que para sostener ese juego hasta el final y poder ser el candidato en las precarias condiciones orgánicas que ofrecía Balcarce 50, debía fogonear al kirchnerismo y acompañar a tirar por la ventana al resto de los nombres propios del PJ que querían competir para enriquecer el espacio de representación.

Con el afán de “ser” a costa de cualquier código orgánico, Scioli ayudó a dinamitar la representación peronista a lo largo de un proceso de seis o siete años bastante premeditado, que se cierra con el esquema herminista de inserción electoral que fracasa en la víspera. 

Con la derrota de Scioli, lo que fracasa es también una cierta mirada de la dinámica partidaria muy afín a la que reclamaba el cristinismo tardío  para el peronismo, en cuanto privilegian formas de representación muy estrechas y estáticas, que en esta elección no acertaron a leer que pasaba en campos civiles precarios y necesitados, aunque no fueran estrictamente “pobres estatalizados”. 

Scioli es parte del problema y no de las soluciones.

En este sentido, es evidente que la resiliencia electoral que mantuvo Massa pese a la inestabilidad orgánica del FR, se debió a un ajuste de representación que alcanzó a meter una sintonía fina con esa calle inerme (que aun cuando ayer no fue el protagonista, sorprendentemente lo menciona). 

Ese activo es su ventaja relativa frente al PJ, pero en un terreno de reflujo territorial bonaerense a costa de la expansión nacional que deberá ser parte central del trabajo reparatorio de Massa para reposicionarse.

Cualitativamente, lo que muestran la llegada de Macri a la presidencia y de la “compañera” María Eugenia Vidal a la provincia es el comienzo de una nueva dinámica entre oficialismo y oposición que allana la salida de la cancha del business del país dividido. Justamente, otra frase que escucho mucho en estas horas poselectorales de la periferia, en la boca de los que no lo votaron a Macri: los que no ganaron tienen que ayudar.

En la representación futura también parece estar ese mandato, bastante diferente del que prevaleció dentro de la oposición al kirchnerismo. Habrá que ver entonces, que prevalece en esa puja de la llanura: el pejotismo post-estatalizado o la renovación dinámica. El partido o la representación.

martes, 13 de octubre de 2015

Voto útil y sprint final



Con tendencias electorales que siguen sin admitir el proceso polarizador, nos queda entonces la confirmación de algunos hechos políticos que ya se apreciaban en la gestualidad electoral de las PASO.

1. La baja (casi nula) expansividad de Macri en la instancia del catch all, que otorga la referencia previa para llenar el formulario de competitividad en un hipotético balotaje.

A pesar de ser 2º en las PASO y tener la chance de explotar la centralidad política de esa posición, Macri experimentó una tendencia inversa: no pudo fidelizar a fondo el voto radical de su propia coalición que le permitiera “dar el salto” para cazar fuera del zoológico, y  directamente no tuvo una estrategia hospitalaria sobre el voto flotante de Stolbizer o Massa para crear una sensación de dominancia ganadora de cara al balotaje. El electorado reaccionó a esa indisponibilidad virando (tendencialmente) hacia Massa.

2. Hay un voto de clase media del conurbano que en las PASO canalizó su bronca “antikirchnerista” de manera poco matizada hacia Macri pero que ahora refluye hacia Massa. Lo anticipamos a días del cadáver caliente de las PASO: la cartografía del voto bonaerense mostraba esta “anomalía” de índole demasiado volátil, que ahora se corrige frente a la elección real de acuerdo a la histórica dinámica “panperonista” del electorado provincial, donde el 75% del padrón no vota de acuerdo a un criterio centralmente “antiperonista”.

En ese aspecto y casi obviamente, Massa muestra mayor comprensión de la idiosincrasia bonaerense; propuestas que pueden parecer “irritantes” como la incorporación de las FFAA en el combate contra el narcotráfico se explican a partir de una lógica defensiva (porque Massa presiona “desde atrás”) que es muy eficaz para sumar votos en la provincia.

El discurso “punitivo” estatal siempre estuvo en el instrumental defensivo del peronismo bonaerense a la hora de afrontar una coyuntura electoral desventajosa (Rucucu gobernador, Insaurralde en 2013, los intendentes del conurbano en todas las elecciones) y está claro que como mínimo, es una ecuación “atávica” de la genética bonaerense que permite conservar votos cuando las condiciones de dominancia electoral no son del todo favorables.

3. La tendencia ascendente de Massa mantiene a Scioli “pisado” por abajo del 40% y permite la instancia de ballotage. La inocuidad de Macri en la zona del catch all hace que la expectativa del balotaje recaiga sobre Massa, tanto para forzarlo como para ser competitivo dentro de él.

Es evidente que Massa fidelizó la cota de los votos de UNA con mayor facilidad que Scioli y Macri sus “votos afines” desde un muy inhóspito 3º puesto en PASO, quebrando la tendencia histórica que mostró este instrumental electoral desde su debut en 2011; esa tendencia inercial trabaja “uno a uno” sobre los válidamente emitidos de Macri, pero en ciertas regiones electorales también capta voto “peronista flotante” (Córdoba, Santa Fe, NOA, PBA) que Scioli pretende para si.

Si estas tendencias se mantienen más o menos estables en la víspera electoral, la situación del “segundo” en una hipótesis de “voto útil” (que se produce o no de acuerdo a lo que “transmitan” los candidatos  a la heterogeneidad mayoritaria del electorado no oficialista) se define entre una acumulación cuantitativa de Macri o una acumulación cualitativa de Massa en relación al poder de fuego dentro del balotaje. 

Los seis grados de separación que hay entre la transitoriedad líquida de ser segunda minoría o ganar la elección.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Fragmentos de un discurso electoral y la quimera duranbarbista





Entre los reflujos y las volatilidades de la zona post- PASO, florece el subsistema: se alzan las expectativas de Massa y decaen las de Macri. 

Finalmente, el efecto político “Tucumán” + las corruptelas seriadas (Niembro, Amadeo, Tagliaferro-Vidal) como problema endógeno del PRO acentuaron la modificación de algunas tendencias electorales preexistentes: Massa reacciona mejor a su 3º puesto en las PASO que Macri a su 2º, lo cual refleja un dato político más profundo que lo meramente electoral.

La campaña de Macri entró en una fase defensivista de la cual parece muy difícil que pueda salir, que se expresa tanto en el frente interno (la extrema dificultad de Macri para ejercer una conducción hospitalaria sobre la UCR, que habilita “el fuego amigo” y le obtura la fidelización) como en el externo (el desconcierto estratégico frente al catch all, al cual se renuncia).

Esta semana se confirma como Scioli hace seguidismo operativo de Massa en el plano “propositivo”; en un punto determinado de la campaña, las propuestas no son una entelequia, sino un requisito “administrativo” que el electorado examina no por entusiasmo teórico, sino para medir la solidez de los candidatos en el plano de la labor política. En ese ítem crucial para “trabajar” en la zona del catch all también parece claudicar Macri.

Esta lógica defensivista continuó con la acusación de un pacto “peronista” entre Massa y el kirchnerismo como “causa” de la impericia de Macri para usufructuar su lugar de privilegio obtenido en las PASO.

Hasta el propio Pagni advirtió la inconducencia de un argumento que solo está destinado a los “fieles”, al partido sobrepolitizado del 20%, mientras hay una porción mayoritaria del electorado no oficialista que no define sus prioridades bajo lógica “antikirchnerista” (“Massa es k”) ni antiperonista (“el pacto de iguales”).

En ese sentido, el reflejo duranbarbista de Macri retorna eternamente como mecanismo constitutivo del espíritu político del PRO, con una percepción distorsiva de la realidad del escenario electoral. Macri caza en el zoológico (pura lógica “kirchnerista”), mientras Massa captura los animales sueltos.

La tendencia ascendente de Massa parece convalidar una intuición política básica percibida con los resultados de las PASO todavía calientes: que efectivamente hubo un voto “destemplado” en PBA y conurbano(s) que Macri captó en agosto y que ahora refluye a una zona volátil en disputa que Massa parece recapturar con la “memoria del 2013” y la firmeza adquirida luego de aguantar la presión cruzada del FPV y el PRO en el terreno microclimático pero incidente de la instalación de los candidatos en los meses previos a la PASO.

En el plano “partidario”, Massa fue eficaz para involucrar a De la Sota en la nueva etapa electoral y meter presión en los válidamente emitidos del eje Córdoba-Santa Fe, dejando stand-by la “pesca” de Scioli sobre los votos “peronistas” de la región centro, y con el objetivo final de bloquear las performances relativas de Scioli y Macri en esa zona.

El otro objetivo de Massa es polarizar con Scioli en el NOA, y galvanizar su 2º lugar en la región. Es evidente que la dinámica post-PASO ya “juega” en el norte del país, donde los radicalismos territoriales son más afines a Massa que a Macri, en un fiel reflejo idiosincrático de las preferencias electorales.

Si para principios de octubre esta tendencia en las expectativas hacia Massa y Macri se confirman, los tiempos políticos exigirán una pregunta: ¿qué pasaría si el electorado vislumbra la paridad?

Massa y Macri no comparten la misma naturaleza política originaria (por lo tanto hay identidades diferentes) y esto desemboca en un hecho cierto: Massa tiene muchos más lugares hacia donde crecer que Macri.

Esa mayor productividad electoral de Massa es vista por el electorado como un signo de “autoridad”, que contrasta con una gestualidad defensiva de Macri que lo hace aparecer poco preparado tanto para afrontar competitivamente un balotaje como una primera vuelta.

Si esta percepción se acentúa, el desmembramiento del voto opositor histórico hacia una mayoría “no-oficialista” que busque votar a un candidato ganador por encima de “la virtud ideologista” puede ser el cauce que defina el rumbo final de los votos. Nada personal, solo política.

martes, 15 de septiembre de 2015

No le digan populismo





Los países emergentes abaratan su producción y cierran su horizonte distributivo. Los grandes de la región (Brasil y México) devaluaron y van a un retoque de las estructuras de sus órdenes macroeconómicos para ver cómo relanzan la combinación porcentual de consumo, inversión y exportaciones. 

En la Argentina se agrega un ítem endógeno: la desdolarización de las finanzas públicas, que confirma nuestra “pendularidad” de un Estado muy prociclico cuando la economía privada galopa a tasas chinas y un Estado con poco resto en el ciclo recesivo.

La crisis política de Brasil es la expresión de una tensión clásica de su orden (macro) económico. No hay un problema de restricción externa (la rebaja de la nota de S&P se centra en la cuestión fiscal y no en la cuenta corriente), sino de inversión, que no colmó las expectativas para relanzar el crecimiento. 

Hoy, cuando en la campaña argentina hay presidenciables que hacen un auto de fe de la inversión como la solución de todos los problemas de la economía real, conviene resaltar la coyuntura brasileña.

La relación que instauró el Brasil moderno entre la democracia y el mercado es diferente a la que desarrolló Argentina desde 1983. A la par de un orden político, Brasil fundó un orden económico, con un consenso muy interdependiente dentro del sistema político.

Esta fundacionalidad brasileña tiene un nombre y apellido habitualmente muy subvaluado por el análisis: Itamar Franco.

Franco asume sobre una grieta conjunta de la política y la economía. Brasil tenía una Constitución pero no podía frenar la hiperinflación. Los viejos partidos políticos que cohabitaron con la larga hegemonía del partido militar, “blanqueados” en 1980, perdieron capacidad de representación. 

Itamar Franco es un presidente “sin partido” que conduce a todos los partidos, aprovechando la crisis de legitimidad de los viejos (PMDB) y la excesiva juventud de los nuevos (PT y PSDB).

En un terreno donde nadie pisa firme, Franco juega a tres bandas: convoca a un plebiscito para fijar la forma de gobierno federal (el pueblo opta por confirmar el presidencialismo), promueve el Plan Real de estabilización y “estataliza-coopta” la agenda social de los sindicatos y organizaciones populares que habían jugado a favor del impeachment de Collor de Melo.

Sobre este trípode político, económico y social se funda el orden democrático que rige al Brasil de nuestros días. En el plano político, Itamar Franco fogonea el duelo PT-PSDB como ideal de la modernización bipartidista, y en ese bienio (93-94) comienza la transfiguración del PT desde el laborismo combativo al partido institucional de “izquierda”. Lula deja la calle y se sienta en la mesa elitista de la partidocracia.

En el plano económico, el plan Real inaugura un diseño del manejo político de la economía con pautas que, una vez vista la caída de la inflación, se mantienen en el tiempo como “política de Estado”: metas de inflación, de gasto y flotación cambiaria administrada que no varían estructuralmente de un gobierno a otro, y que a su vez, funcionan como legitimante dentro del sistema político. En el orden económico cardosista descansa, hasta hoy, el sistema de partidos.

En el plano social, la presidencia de Franco incorpora reclamos populares originados en la resistencia al gobierno militar a fines de los ´70. Subsidios al desempleo, a la escolaridad, renta alimentaria. 

Ante el vacío representativo de los partidos, Itamar Franco suma al gobierno a organizaciones sociales y financia parte de la campaña contra el hambre de Betinho. Este plan permitió censar la población pobre que luego sería beneficiaria de la asistencia focalizada de Cardoso (bolsa escuela, subsidio al gas y subsidio de desempleo) y la renta unificada de Lula (bolsa familia).

Durante la hegemonía del PT, Lula se ata a la moncloa cardosista con metas leoninas de inflación y gasto en su primera presidencia que no le impiden abrir el grifo distributivo (arranca Bolsa familia). En los siguientes ocho de Lula-Rousseff se amplían las metas, se airea el consumo, pero se mantiene una política monetaria dura.

De ahí que la efervescencia política que hoy parece jaquear a Dilma tenga poco que ver con políticas de fondo (Levy está haciendo el ajuste para “proteger” un consenso macroeconómico del cual el propio PT participa como partido de poder) y sí con un desgaste político: la pregunta es si los mismos gobiernos que distribuyeron el derrame tienen la capacidad política de adaptarse electoralmente a una etapa donde los incentivos sociales hay que producirlos.

Lo que vemos en Brasil es que se están moviendo las fichas políticas de una manera muy interesante: el pedido de impeachment a Dilma me parece exagerado, pero está dentro del juego institucional de la elitista y profesionalizada política brasileña, y se trata de un juego previsto que el propio PT conoce muy bien desde que Lula resolvió con perspicacia el tsunami del mensalao.

Más importante que la cuestión institucional será lo que pase en la reorganización del tablero político: Cardoso reconoció que en estos años el PSDB se derechizó demasiado, forzado por la posición dominante del PT, y salió a pedir una alianza formal del partido con Marina Silva para recuperar el eje “socialdemócrata” y desbancar al PT con una estrategia más “populista”. 

Al mismo tiempo, el PT busca que Cardoso y Silva se sienten a la mesa para evitar el impeachment a Roussef, en defensa del viejo consenso itamarfranquista de 1993-94. 

Las cartas recién se están repartiendo. El orden económico parece estar a salvo, hasta que la calle diga lo contrario.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Pasaporte a octubre





No está para cualquiera esto de conducir políticamente el país con la caja pública del Estado en franca desdolarización. Ausencia de hegemonías, ausencia de mayorías. Del “viento de cola” al viento de frente. El panorama “trabado” en las tendencias que dejó a la intemperie la PASO parece lejos de empezar a ser metabolizado por Macri y Scioli.

Es posible que ese estado de situación y el “dinamismo” poselectoral de Massa hayan obligado a Scioli a escenificar con Bein (dado que el rubro “economía del partido del orden” luce bastante huérfano para Daniel) algún tenor propositivo que le permita pescar “por afuera” del instrumental electoral “duhaldista” del FPV.


Además de eso, Scioli convocó a “profundizar el espíritu frentista” (sic) del dispositivo oficialista, gestualizando al menos el problema de representación de su candidatura, aun cuando no haya decisiones políticas disponibles para mitigarlo. 

La omisión decisoria es lógica: Scioli no construyó una política autónoma de autolegitimación que le permita “patrimonializar” su momento electoral, y necesita la inercia postrera del kirchnerismo para “llegar”.

Ahí está la trampa de toda “deconstrucción” de Scioli (no lo “condena” su pasado, sino su futuro): su condición de “posibilidad” era la automática denegación a los Urtubey, los Insaurralde, los Randazzo, y no tanto a ese hombre de paja llamado “progresismo kirchnerista” que a esta altura de la velada ya no expresa ni potencia transversal, ni la representación adicional que le supo otorgar a Kirchner.

Aunque no sea reconocido, esta mecánica (guiada por la provindencialidad excluyente de Scioli) se riñe bastante con la trazabilidad partidaria “histórica” que gran parte de la teoría peronista ha elegido para autonarrarse. Son daños colaterales de la electorabilidad.

Macri parece anclado en la telaraña política de su 30% nacional. Saca lo mismo que el Frepaso en 1995, pero con menos atenuantes que Bordón-Alvarez. Macri tuvo “a su favor” dos candidaturas “peronistas” enfrente y a la UCR adentro, pero no pudo quebrar, por ahora, la correlación de fuerzas que el sistema político anuncia desde 2001.

Y la desilusión que se va haciendo carne en diversos sectores narrativos y materiales del establishment coloca el eje en un tema central: la poca permeabilidad de Macri hacia el votante no oficialista-panperonista, que siembra de dudas tanto el tránsito hacia octubre como la performance en un hipotético balotaje.

En ese marco aparece el Niembro-affair para aflojar la baldosa del voto opositor tradicional que Macri aglutinó en agosto y lo coloca en una inesperada situación defensiva frente a la fidelización de los votos de la coalición Cambiemos.

El problema, mirada la cuestión más integralmente, es otro: Macri convenció a su “vanguardia electoral” de que con una estrategia presidencial y partidaria restrictiva podía ganar la elección.

Ahora, con los resultados PASO puestos, se tiene que hacer cargo de esa responsabilidad política y no hacer crisis en un punto álgido: ese en que tu electorado te pide que dialogues con el poder.

Massa hace la de Menem 88-89: patear, patear y patear, para compensar déficits de partido y de caja. Juega a regionalizar el voto nacional para obtener “ventajas comparativas” contra Macri y juntar los puntitos que lo acerquen a la paridad.

Hay un activo político de Massa frente al “tropiezo” de Macri en lo del realpolitiker Fantino: el tigrense no teme hablar de la economía, en una etapa donde el electorado es más proclive a "parar la oreja".

Pero hay un elemento “sociológico” que explica la “permanencia” de Massa: el FR mantuvo un voto troncal de clase media baja urbana de 2013 a 2015; se trata de sectores sociales heterogéneos que hoy están en un punto ciego de la agenda política. 

Están tan lejos del blanqueo laboral como de los planes sociales. Están lejos de las prioridades de Macri, y el kirchnerismo hace rato que no tiene nada para ofrecerles. El desafío para Massa es cómo crecer sin contradicciones con ese núcleo duro, sin “minimizarlo” temáticamente frente a las exigencias del catch all.

Lo que vamos a terminar comprobando en octubre y en un eventual ballotage ( y más allá, como ya parece temer el propio Pagni) es hasta qué punto se mantiene la subsistematización del sistema político que "evita" el bipartidismo.

Hasta el momento las performances relativas de Macri y Massa parecen decir una cosa: que hay subsistema, y una parte mayoritaria del electorado lo juzga como la vía más fértil y eficaz para resolver las confrontaciones políticas.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Los tiempos políticos





Para ellos, el cantar era como la vista para los ojos.

John Ford, 1941.



El pulso muerto de la campaña: una vez ida la zona nítida de la polarización, Scioli y Macri se resisten a ir a la política. Quizás en ese “¿qué hacer?” de ambos candidatos se puedan encontrar otros mensajes además de los electorales, que reflejen sus limitaciones para acercar lo electoral a lo político.

Lo que Scioli siempre presentó como un activo de su electorabilidad – su “previsibilidad”- quizás le esté jugando en contra en el terreno estricto de la política, que en una etapa de catch all como la que transcurre requiere de manejos de “representación” un poco más sofisticados que los que puede asignar el esquema partidista (como oposición operativa al frentismo) elegido por el oficialismo para afrontar la etapa sucesoria.

Hay otro factor que limita a Scioli: su candidatura surge de un acuerdo artificial con Balcarce 50 que oblitera todas las tramitaciones políticas que el peronismo oficialista necesitaba folclorizar con mayor naturalidad operativa para reinaugurarse hegemónicamente de cara a la sucesión presidencial.

La manifestación de ese coito interrumpido no es solo (ni siquiera) el malestar de un peronista blanco como Randazzo, sino aquello que afecta la propia sustentabilidad política que otorga los elementos iniciales para que quien ejerce como partido del orden pueda sintonizar con la coyuntura que le toca administrar.

Hasta el momento, no se vio a Scioli “sudar la camiseta” para corregir este problema, que hoy es meramente electoral, pero que si es político podría dar cuenta de un problema más estructural que explicaría por qué Scioli no es dinámico aun cuando representa a un partido que debe gran parte de su subsistencia a esa elasticidad.

El otro que aparece “descampañizado” es Macri. Eligió una estrategia restrictiva que en las PASO fue eficaz para salir segundo: aglutinó al voto opositor “histórico” (es decir aquel que existía antes de que Massa irrumpiera al escenario nacional) pero se quedó sin herramientas políticas para atravesar la larga y difusa marcha del catch all.

Es decir: en la medida en que los votos de las PASO cantaron la despolarización, Macri se despolarizó, y todo el consignismo opositorista histórico en el cual basó su idea de “cambio” y su acumulación partidaria empezaron a lucir insuficientes para afrontar la travesía hacia el triunfo.

Creo que el problema de Macri fue apostar a una opción tan unívoca como dudosa: pensó en una dinámica demasiado lineal de las PASO contra la general en la cual el 2º polarizaría rápido con el 1º  a base de una licuación (también rápida) del 3º. Pero esto debería haberse insinuado en los votos de las PASO y luego acentuarse rumbo a octubre, y ninguna de las dos cosas parece haber sucedido. Es decir, imaginó en todo el electorado un “espíritu polarizador” que facilitaría su tránsito político, pero en el camino apareció la política.

Massa aprovechó estas limitaciones ajenas para subirse al ring y consolidar un primer objetivo que ya parece tener al alcance de la mano: fidelizar al máximo los votos de UNA. La foto en Tucumán le permitió seguir “despolarizando” a Macri y a la vez afianzar su posición estratégica en el NOA, donde puede crecer tanto a expensas de Macri como de Scioli. La PBA todavía queda como la zona de trabajos intensivos para Massa, porque es allí donde debe crecer sobre los válidamente emitidos de Macri para colocarse en una correlación de fuerzas que le permita instalar la disputa de balotaje ante el electorado.

El escenario inicial post-PASO muestra que la posición privilegiada de Scioli y Macri no les reporta un traslado de votos, en principio generando bajas expectativas en el electorado que no los votó. 

Massa, pese a su posición “costosa” como 3º en discordia, parece no ser afectado por la corrosión del voto útil, fideliza con facilidad y evita reflujos hacia Scioli y Macri, todo ello con bastante rapidez. Quizás la “imagen positiva” que cosechó luego de las PASO exprese cierta tendencia en las expectativas que aunque todavía no se pueda analizar en votos, es bastante llamativa para un 3º en PASO.

O quizás se trate (también) de algo más simple: que la dinámica de la PASO de candidatos efectivamente se esté expresando, y que las condiciones políticas de la electorabilidad de Scioli y Macri, de acuerdo a su dominancia originaria, no se reflejen como autosuficientes a los ojos de amplias franjas del electorado en esta etapa de catch all y política profunda.