domingo, 28 de septiembre de 2014

Ellos no usan smoking



El aprendizaje político de Lula maduró cuando las derrotas electorales eran el santo y seña de una carencia: con el partido sindical no alcanzaba. El PT se transforma en un partido político cuando se corre hacia el centro: atenúa su vínculo originario con los movimientos sociales, coopta dirigentes y partidos a la centroizquierda atomizada que le hacía perder elecciones (la incorporación de Dilma es fruto de este proceso) y arma una coalición con partidos que antes estaban fuera de la órbita operativa de la izquierda brasileña (la vieja guardia partidaria nacida con el posgetulismo).

Después de una década de hegemonía, el PT mantiene niveles de adhesión significativos. Pero ya pasado el pico distributivo, parece haber una sensación: que Rousseff no puede ofrecer cuatro años mejores a los cuatro discretos que se terminan este año. La canción ingrata de la clase media lulista.

La aparición casi fortuita de Marina Silva parece capitalizar parte de esa sensación, pero también puede ser la expresión del reencuentro con una idiosincrasia política añorada, algo inasible (y acaso mítico) que también juega un papel a la hora de votar. Sería más fácil sesgar el análisis y decir que Maria Osmarina Silva es el caballo de troya del establishment brasileño, pero las cosas parecen menos lineales.

Negra, analfabeta, mucama, campesina. Marina también es una hija del Brasil. Se forma políticamente con Chico Mendes y con él fundan la CUT y el PT en su pueblo, y hace la carrera política en el partido. Marina es un cuadro político (lo que implica beber de las aguas imprevistas del carisma) y en ese sentido lo es más que Dilma. Y es también la expresión de una anomalía (similar a lo que fue Lula), de una filtración en una clase política brasileña muy elitista y profesionalizada.

La idea del “engaño ideológico” de Silva al electorado estaría mediada entonces por una pregunta previa: ¿sabemos qué está buscando el votante brasileño en esta elección?

En los actos de campaña, Marina Silva no solo no critica a Lula (sí a Dilma), sino que lo enmarca sutilmente en una historia común, y casi en un giro gracioso lo evoca como el marido que abandona la casa conyugal. Marina parece pendular: a izquierda hace guiños de autenticidad que evidentemente molestan al petismo y a derecha (porque como opositora electoral, su eje de disputa de votos es con el PSDB) despliega ortodoxia económica.

Sin embargo, su veta a la vez ambientalista, progresista, evangélica y honestista tornan difícil determinar sobre que nichos sociales permea su candidatura; es evidente que en términos de “programa político” su discurso es bastante contradictorio, y esta debilidad puede terminar inclinando la balanza hacia Dilma. Pero también es cierto que ningún votante elige estrictamente un programa político cuando entra al cuarto oscuro.

Más allá del resultado, lo cierto es que el overshooting electoral de Marina Silva (que tenderá a caer y estabilizarse en 1º vuelta) es la representación de que a Dilma y el PT les está faltando lulismo.

Para Argentina sea Dilma o Marina, no cambia nada. El Mercosur está frizado y la bilateral comercial tiene exportaciones cayendo desde 2011. Cuando Marina culpa a la Argentina por el estancamiento comercial, en realidad dice aquello que Dilma sottovocea. Uno de los asesores económicos senior de Lula-Dilma, el heterodoxo Luiz Gonzaga Belluzzo (el otro es Antonio Delfim Netto, ministro de la dictadura) dice que el problema es la escasez de dólares de Argentina.

Como decíamos hace un tiempo atrás, la relación con Brasil necesita de una postura más activa y agresiva del gobierno argentino. Sea con Dilma o Marina, Brasil va a explorar planes B (BRICs, UE, AP, EEUU) que sean acordes a su economía de escala, que obviamente, no es la de Argentina.

En ese sentido, y más allá de la interdependencia estratégica que se necesita con Brasil, Argentina tiene que explorar y explotar su finita ventana de oportunidad para materializar instancias de desarrollo, y eso implica una política comercial activa con economías dentro de escala (África, los emergentes asiáticos medianos, India).


Que en el plano regional la cooperación entre los países se asiente cada vez más en organismos como Unasur y Celac para coincidir en declaraciones políticas y se innove poco en la dinámica comercial de Mercosur (de ahí la ventaja relativa que sacó la AP), es tal vez el síntoma de un cambio en el proceso económico regional que se va imponiendo más allá de las rupturas o continuidades políticas que se produzcan en los gobiernos de Brasil, Argentina y el resto de la región, y donde la integración tendrá que avanzar más allá de las diferencias políticas: la economía así lo va a reclamar.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

La mano invisible del Estado


Fuera del malabarismo monetario del BCRA, no se ven “esfuerzos” del Estado en el manejo de la economía que permitan pensar, de manera viable, en un modelo económico “más allá de 2015” desde el oficialismo en una faz estrictamente continuista como la que predican, al menos implícitamente, todos los precandidatos efepeveístas.

Por coyuntura, pero también por decisiones políticas, Cristina avala un rumbo económico que se indispone con el “trayecto” que piensa para sí el partido del orden, y por lo tanto, que también se indispone con la zona social donde gravitaría una representación mayoritaria luego del 2015.

La paradoja: el kirchnerismo “maneja” la economía hoy pero se excluye del debate por la economía que viene, justo cuando esta última es la que genera la construcción de expectativas políticas en la población.

Quizás no sea tan llamativo que el kirchnerismo se excluya de la “promesa neodesarrollista” que aparece en el horizonte del 2016 como una zona más ambigua donde los presidenciables van a expresar la disputa entre “heterodoxias” más o menos eficaces (Frondizi como significante vacío) y no tanto la batalla final entre un modelo distribucionista y una regresión neoliberal, si entendemos que la política económica que aplica y avala Cristina (y por lo tanto el fpv como partido de gobierno) es conceptualmente contraria a aquella “promesa”.

En este sentido, la actual conducción económica del gobierno expresa una histórica impugnación conceptual a la macro neodesarrollista, lo cual explica gran parte de las medidas económicas que se vienen tomando desde 2010-2011 y que terminaron por autogenerar un escenario de restricción externa totalmente incompatible con la expertise económica del partido del orden.  

La histórica predilección de Kicillof por el tipo de cambio real bajo (un punto de partida que en las economías subdesarrolladas no deja margen para el crecimiento acelerado inicial que se necesita para robustecer la macro y poder “derramar” y distribuir con cierta estabilidad) expresa una cierta visión conservadora de la capacidad expansiva de la producción, de la capacidad estatal para “transferir” PBI a exportaciones e inversión (dólares) y por lo tanto, de la capacidad “política” para controlar la demanda interna.

El desinterés por gestar políticas que trabajen sobre esas variables quizás explique también por qué el equipo económico de Cristina considera que la puja distributiva es una constante irresoluble que no merece atención política ni aun en el actual tramo inercial del ciclo inflacionario. En un plano más político, quizás también explique por qué el kirchnerismo se quedó sin alianzas sindicales que fueron constitutivas para “manejar los tiempos” de la distribución en el 2003.

Hay otras creencias del equipo económico del fpv que contribuyen a la realidad recesiva: desconfiar de la incidencia del tipo de cambio real alto en las elasticidades del comercio exterior, desvincular demanda e inflación (promover el siga-siga al costo de la restricción externa, con mayores costos que beneficios en el poder de consumo y sin un cálculo político certero, ya que la elección de 2013 la perdiste igual), sobrevaluar la incidencia de las retenciones en el desacople “antiinflacionario” del precio internacional de los commodities, y considerar que el mercado interno se autosustenta sin elementos externos (sin dólares), una visión que, sí, funcionaba en los ´50 y ´60.

Se tratan de demasiadas variables reales desechadas en favor de una planificación estatal vía micro-cambios múltiples que “compensarían” la apreciación cambiaria real y su inherente crecimiento bajo como vía hacia la industrialización, pero que el gobierno ni siquiera implementó embrionariamente, básicamente porque se “muerde la cola” con el tipo de cambio bajo que Kicillof prefiere.

Además, la teoría de la planificación estatal implica un Estado virtuoso y sin fondo que financia todo aquello que el sector privado abandona, en vez de asumir una mirada más realista que contemple las propias limitaciones financieras del Estado y una intervención directiva más panorámica que pueda “anticipar la jugada” en el mercado, ante la virulencia rentista de los empresarios.

En la promesa neodesarrollista de los presidenciables habita, aun con las limitaciones del caso, una discusión más concreta de la relación entre el Estado y la economía, que requiere de una conducción política que arme una concertación sindical mucho más profunda que un mero pacto social: el próximo presidente deberá generar una alianza política que refleje el corte transversal que existe dentro de la dirigencia sindical peronista en favor de una generación intermedia que llega a la conducción de los sindicatos con una nueva agenda que supera largamente la simple negociación de una paritaria.

Las garantías distribucionistas ya no se colman con el % de una paritaria ni con la guita que pone el Estado por las asignaciones directas. El statu quo sindical que banca la recidiva cristinista ya expresa problemas de lectura política (Smata pidiendo palo para los troscos por su propia defección basista) que el próximo presidente deberá reconducir.

Aún cuando invoque una “agenda de desarrollo”, Scioli está inmerso en una continuidad subordinada al tempo económico axelista que sufre toda candidatura efepeveísta. Pero además su propio proyecto naranja basado en la minería para todos (sin una Codelco que le otorgue viabilidad al proyecto) tiene una tendencia reprimarizadora que choca contra la lógica desarrollista y no sutura la absorción de empleo que reclama el mercado interno.

Así es como Massa aparece tensionando en ese rubro con el oficialismo, por las señales que envía con su equipo económico en favor del tipo de cambio real alto por un lado, y la renovación sindical por el otro.

Macri podría sumarse al lote si dota a su ponderación frondicista de ciertas posturas concretas; de Massa lo separa una línea clara, que es la misma que separó a Lavagna de Prat Gay en 2003: Macri parece más partidario de metas de inflación rígidas con tipo de cambio libre (es decir, bajo y desenganchado del mercado interno) mientras que Massa va a unas metas flexibles de inflación con tipo de cambio administrado. En el fpv parece claro que sea Scioli o no, se prefiere un tipo de cambio bajo y atrasado que se “corregiría” con planificación estatal y alta dominancia fiscal, bajo una creencia errada (y comprobada en estos años que llevaron a la restricción externa y la recesión con alta inflación): que el voluntarismo en la micro modifica el comportamiento de la macro.


En  un punto, esta discusión de “heterodoxias” está subordinada a una necesidad estrictamente política: saber cuál de estas propuestas, técnicamente, combina mejor los mayores ratios entre crecimiento económico y años de estabilidad, teniendo en cuenta que ya no habrá expansiones de PBI, empleo y distribución tan rápidas como las de 2002-2003.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

El lobo herbívoro del hombre


De los estados líquidos a los gaseosos: la intervención federal del kirchnerismo sobre la seguridad pública tuvo distintas etapas de contradicción operativa, con tendencia declinante en la percepción política del problema: el frustrado megaplan de Gustavo Béliz para crear un fbi argento, el longevo acuerdo Kirchner-Valleca para la pax policial en la protesta social, el nildismo de cuadernillos pedagógicos y purga rotativa superestructural, la autogestión ministerial de Berni.

En cada fase una certeza: el progresivo abandono intelectual que hace el PEN de una mirada política integral del problema, la renuncia a un decisionismo federal que marcara líneas rectoras a las jurisdicciones provinciales, en vez de desligar funciones.

Esa languidez decisionista tuvo su continuidad retórica en un discurso sin votos que trató de “explicar el problema” a través de Stuart Hall y la gilada de los estudios culturales y centró el foco en la “densidad mediática” de la sensación de inseguridad, o lo que Zaffaroni llama “las campañas de ley  y orden”; todo ello para sortear cualquier lectura sobre la “naturaleza represiva” (y también punitiva) que debía estar presente en una política de seguridad pública. En este sentido, llama la atención que el kirchnerismo apele al discurso antiestatista (antipolítico) de Zaffaroni, teniendo a mano la potabilidad del progresismo práctico de Alberto Binder, lo cual reafirma las dificultades del oficialismo para situarse conceptualmente frente al tema.

El aumento real del delito violento en la PBA, la falta de directivas políticas propias de Cristina en el rubro (y la discontinuidad de políticas eficaces como el Operativo Centinela) junto con la declinación del “dialecto kirchnerista” frente a los hechos de la inminencia sucesoria, abrió la grieta de la autoconservación: Kunkel y la ley antipiquete, MI y la baja de imputabilidad, Berni y las deportaciones.

Estos gestos revelan algo positivo: se termina el tabú de un debate que excluía del análisis (o relativizaba de modo inconducente) la atribución represiva y punitiva del Estado a la hora de conformar políticas de seguridad pública. Pero a la vez, dejan expuesto, de modo muy negativo, la mediocridad y orfandad conceptual de planteos que, “corridos” por el sentido común, “corren” el riesgo de desembocar en respuestas políticas de dudosa eficacia.

En el caso de Berni y los extranjeros que delinquen, lo cuestionable no pasa por la estigmatización moral, sino por una lectura que desde lo práctico-político resulta inadecuada en la medida que no hay una vinculación lineal entre extranjería y choreo, aun cuando existan asociaciones ilícitas que vienen al país a cometer delitos. En ese sentido, la deportación es un instrumento marginal del sistema sancionatorio pero que Berni evoca como si la linealidad extranjero-delito fuera más amplia y gravitante en la inseguridad y por lo tanto, un eje de cierta centralidad a la hora de tramar la política de seguridad pública.

Existe una distancia considerable entre el hacedorismo apasionado de Berni y una gestión federal de seguridad. A falta de conducción política que lo encuadre “gestivamente”, Berni se autogobierna, encara con ímpetu wagneriano la historia mínima de la “reducción de daños”, eso que queda en la mesa de saldos del poder kirchnerista a un año y medio de la salida, y en un área donde el gobierno exhibió más deficits que virtudes. Allí radica la confusión: en pensar que justo donde Berni no puede mostrar una gestión (gobernanza), podría haber material intelectual o agenda futura para la elaboración de una política de seguridad.

Por eso me parece un error que Massa, o cualquier presidenciable, tomen la vinculación lineal extranjero-delito para definir alguna posición sobre la inseguridad, más allá de su productividad tacticista para la acumulación electoral y para explotar las contradicciones del FPV; pero también se tiene que acumular representación, y para ello es necesario que ahí donde el “municipalismo” trazó una política propia contra la inseguridad y donde ser “el primer mostrador del Estado” permitió hacer una diagnosis correcta que galvanizó la legitimidad política de los intendentes frente a la deserción de otras jurisdicciones estatales, también se haga una lectura política “adelantada” al sentido común para definir la respuesta frente a un aspecto tan puntual como la relación extranjería-delito. Sentido común para diagnosticar, pero no siempre para proponer.


Hay que transitar con cuidado los seis grados de separación entre los dos (¿tres?) cordones: ese trayecto policlasista en donde todo ciudadano argentino dice con picardía “yo tengo un amigo extranjero” que roba, que me “licita” el oficio, que me saca el laburo. Son canciones que cada día suenan más, que uno escucha en silencio porque “comprende”, porque la inseguridad y el miedo a perder el trabajo son hechos concretos. Pero el gran desafío del político, de la representación, no es reproducir ese testimonio árido del sentido común, sino transformarlo en política.

martes, 19 de agosto de 2014

Desalambre: ¿Se corta la cadena de frío?


Hace dos meses, el consultor Carlos Fara diagnosticaba un congelamiento del escenario político a favor del oficialismo, y en menor medida, del panradicalismo, a partir de su nominación como frente amplio. Reconocía la táctica defensivista del kirchnerismo como único mecanismo para fijar expectativas de cohesión política y daba como eficaces un conjunto de medidas con esa impronta: prórroga de deudas a las provincias, plan de obras de De Vido para el conurbano, grifo de precandidaturas, renovación autoridades del PJ.

Sin embargo, ese frizado luce relativo:

1. La táctica látigo y mano de seda del PEN se indispone progresivamente con las estrategias de supervivencia política de cara al proceso sucesorio. Ese dilema se verifica en las provincias petroleras: ir por afuera (Río Negro-Neuquén) o acompañar en condiciones electorales severamente comprometidas (Mendoza-Chubut).

La “coyuntura energética” sirve para que el vandorismo partidario del MPN se despliegue no solo por los meros intereses sectoriales en juego (regalías) sino en perspectiva hacia la mejor asociación política con el Estado Nacional a partir de 2016.

En el caso de Río Negro, la situación política tiene más aristas: el pase del gobernador Weretilneck al FR restaura un escenario provincial de tres tercios electorales (FPV, panradicalismo, FR) impensado hace pocos meses.

Como garante de la coalición efepeveísta local, Pichetto es el que sale más dañado de la jugada, con un riesgo aun mayor para el PJ: perder de vista cierta idiosincrasia rionegrina que hizo que un partidista nato (un ortodoxo hormonal) como el Gringo Soria apelara al instrumento frentista para ganar la provincia y quebrar la hegemonía radical.

Habrá que ver si los hermanos Soria van detrás de Pichetto y juegan a suerte y verdad según el determinismo nacional o adelantan tiempos en la disputa electoral provincial. En cualquiera de los casos, parecen quedar lejos los tiempos de la hegemonía calma que había gestado el Gringo. Para Weretilneck se viene un año y medio de política quirúrgica si quiere acertar la bala de plata que le permita jugar la ficha de la reelección. Hoy tiene el partido más disputable que hace un año.

Más allá de sus singularidades, la situación rionegrina refleja, una vez más, las dificultades del oficialismo para restaurar el piso de representación que una instancia sucesoria reclama. Esa fuga del frentismo al partidismo acentúa las condiciones de defensividad, a la vez que la evolución del partidismo al frentismo que evidencia Massa en esta etapa (todavía lejana de la situación electoral) expresa otra vocación no solo de acumulación, sino de representación.

2. La obra pública nacional en los municipios de la PBA está parada hace dos años. El Plan de De Vido (Más Cerca) para realizar “obras inmediatas” (dixit) se negoció hasta ahora con una bajísima cantidad de intendentes, aun dentro del universo efepeveísta.

La mayoría de los intendentes viene financiando su propio cronograma de obras con recursos municipales, y a un año de las PASO, lo que empieza a pesar es la estrategia de supervivencia política en el marco de una sucesión presidencial. La relación costo-beneficio se comienza a leer ya no desde la diaria weberiana, sino desde el “salto de calidad”.

Hay varios intendentes que, sin fierros cualitativos de Nación y sin asistencia política de Scioli,  ya han “cerrado” la ecuación económico-financiera distrital para llegar “aireados” a diciembre de 2015, conscientes de que en esta coyuntura importa más llegar con un poco más de oxigenación política que económica.

3. Decretar un frente nominal no funcionó como línea maginot para el panradicalismo. Un acuerdo de Macri con la UCR en Córdoba y otras provincias parece plausible (aunque con un escollo casi insalvable: la PBA). Massa sumó a la CC-PBA y confirmó el fenómeno de desplazamiento del voto bonaerense hacia terreno panperonista, cuestión que a su vez activa el pase de peronistas del FPV que ven que el centro de gravedad de la representación en la provincia puede cambiar.


La persistencia de estas dos tendencias en el tiempo, y a escala nacional, arrojan un dato no menor: Macri solo puede sumar radicales, mientras que Massa suma radicales y peronistas. Esto es así porque ambos “presidenciables” construyen política en base a diferentes lógicas de inserción electoral, algo que iremos explicando en futuras notas.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Los defaults no existen, pero que los hay…


Más que el default económico, lo que no suele perdonar la sociedad es el default de la conducción política: liderazgo y representación. Siempre es lo mismo, nena. Lo que tarda en hacerse tolerable (y visible) en los análisis políticos es un hecho con fecha cierta: que en el 2015 no va a haber ninguna boleta electoral que lleve el apellido Kirchner.

Existe, entonces, la persistencia defensiva en el efepeveísmo que ignora todo lo dinámico que pasó en la política en los últimos años: elecciones, nombres propios, macroeconomía. Ya nadie discute la permanencia de la AUH como línea maginot de la resistencia militante (la épica del 2010), ahora el gran drama de la clase política toda es por qué ese beneficio no está por ley y no tiene su régimen de movilidad. Ya nadie habla, tampoco, del club de los devaluacionistas. Todo cambia. La política es cero nostalgia, la gente vota para adelante.

En ese sentido, lo positivo que deja el consenso kirchnerista lo deja en contra del cálculo político al que aspira una formación política que termina su mandato pero que quiere continuar su hegemonía casi en contra de la realidad efectiva de los nombres propios. La mochila cargada de la que hablaba Juan Carlos Torre para narrar la cadencia postrera de cada ciclo peronista.

Y bien: nadie puede cruzar el puente de la sucesión con la mochila llena. El puente (el trayecto del poder) no aguanta. A diferencia de Scioli, Massa hizo una jugada que busca construir instancias de liderazgo y representación que van a ser requeridas para la sucesión del 2015. Que galvanicen la caminata por el puente. Como dice Luca Sartorio, el tigrense pisa en los dos subsistemas: el peronista y el no peronista, lo que trae más riesgos y más ganancias. Mientras, el efepeveísmo va (más allá del candidato) con un esquema duhaldista de representación y liderazgo defensivo: el riesgo de este esquema es que las probabilidades de quitar el lastre de la mochila a tiempo son muy bajas.

Desde esa perspectiva defensivista, es lógico que tanto Cristina como Scioli converjan en elegir como adversario favorito a Macri. 

El business declinante del país dividido que a Cristina le sirve para gobernar la salida a su propio ritmo, sin presiones de representación y cada vez más en franco litigio retórico con la aristocracia obrera y la clase media baja (los gajes de cortar guita a favor de la ecuación financiera de la Administración a costa del ingreso medio salarial, y por lo tanto a expensas del consumo privado) y que para Scioli es el “no queda otra” para intentar retener al PJ en la víspera frente al desalambre de estructuras que promueve el Frente Renovador  (doctor Bojos dixit) garantizando PASOs  por abajo y electorabilidad por arriba. 

Para el oficialismo es una situación de “manta corta” o “tensión interna” que se viene expresando desde la candidatura de MI en 2013.

Para Macri, ser el elegido del kirchnerismo le pone un techo a su “crecimiento”, porque en la PBA no puede disputar el desplazamiento del voto no peronista al terreno panperonista que se verificó con la irrupción de Massa y que no parece modificarse sustancialmente de cara al 2015 (teorema de Othacehé). Y sin 20% de votos provinciales la base de cualquier competitividad nacional se resiente; a eso hay que agregar que la suma de “mano de obra” radical no es aritmética para ningún “arreglo”. Los diferentes mecanismos de construcción política que exhiben FR y PRO permiten pensar que el “radicalismo de gestión” (intendentes) van a preferir a Massa aun cuando Macri haga un acuerdo superestructural con algún tramo de la conducción partidaria de la UCRRA.

A un año de las PASO, lo que se percibe y lo que se mide (cuando la sociedad todavía está lejos de colocarse en situación electoral) es entonces la potabilidad de los posibles liderazgos y representaciones en danza. Y detrás de la gestualidad garrochista, las fotos, las contenciones fallidas, quizás lo que se empiece a jugar sea algo un poco más tangible y menos vaporoso para el electorado que mira de reojo: ver quien es el más apto para conducir. Algo que es casi una decisión proto-electoral, y que empieza a jugarse ahora.

martes, 15 de julio de 2014

Keynes-Kaldor-Thirlwall

El discreto encanto de los economistas radicales que se quemaron con leche en 1989 y 2001: cierto conformismo pseudo-realista del manejo de la economía que hoy les permite explicar y bancar la política económica del gobierno en su tendencia contractiva y recesiva como el “mal menor” frente a las presiones cambiarias sobre el dólar.

Que el respaldo“técnico” al gobierno provenga de estas biografías que hicieron crisis de fe cuando no pudieron “calzar” políticamente la relación entre el manejo del Estado y la economía, explica también por qué los economistas del partido del orden (es decir, los que suelen ver “la película completa”) están en “otro lado”: no están con Cristina, pero tampoco están con los herederos del FPV.

Si los dos años de la “ficción expansiva” de la economía (2010-2011) bajo el combo ancla cambiaria-suba artificial del salario real-“inflación buena”-peg no pudieron ser contenidos luego por una “sintonía fina” (costos, subsidios, cadenas de valor) donde el Estado como institución financiera hace el “sacrificio” y evita, por razones políticas, descargar el problema en la presión impositiva sobre clase media, media-baja y aristocracia obrera, lo que no hubo entonces fue una respuesta política adecuada del partido del orden a su propio patrimonio distributivo.

De ahí que sea el gobierno el que autogenera (mejor dicho, autoacelera) el problema de la restricción externa, a lo que responde con la salida clásica: devaluación para hacer caer importaciones y bajar los costos en todos los sectores de la economía vía caída de la actividad. Un recurso demasiado rústico para un partido del orden que sustentó gran parte de su supervivencia política bajo una lógica distribucionista.

Esas fallas terminan de amortizar la titularidad de los capitales políticos: el kirchnerismo no tiene macro para arreglar la restricción externa, y amodorrar la economía para “llegar” (tasa de interés + endeudamiento) es un programa económico demasiado conservador que sigue descargando el costo  en el poder adquisitivo del asalariado y el cuentapropismo minorista, sin incentivos en la inversión y las exportaciones.

A la salida clásica para afrontar el déficit de dólares (que no difiere de lo hecho por otros gobiernos tan disímiles como los de Onganía o Alfonsín) se agrega, en los últimos meses, una falta de respuesta política para contener el conflicto social que surge de la decisión de deprimir la economía.

Es decir, no hay una intervención diferenciada del Estado-partido del orden
frente a la protesta social, por un lado, y frente a la inseguridad pública, por el otro. Leña u omisión, según el caso, a falta de una estrategia que incorpore a los sindicatos, y de gestión pura y dura para disminuir la incidencia del delito violento.

La devaluación sin exportaciones hecha en el verano no corrigió la tendencia del frente externo, y la caída de la actividad desaceleró el aumento de inflación pero desde el mes pasado se verifica una reaceleración, con alimentos y bebidas en un rango del 45%.

Es evidente que traducido al campo electoral, se comience a insinuar una disputa por la “titularidad” del partido del orden como parte del reclamo de representación.

Que varios intendentes del conurbano se pregunten cómo se va a avanzar en la relación entre la asistencia social estatal y la generación de empleo privado (como un problema bastante urgente en los municipios) habla de una agenda que desafía el statu quo efepeveísta y pone las expectativas en otro lado: no es casual la visibilidad que Massa busca darle a sus economistas de traza duhaldo- nestorista (la expertise en la tormenta como biografía) para que digan las palabras económicas que hoy no son dichas por el gobierno: cambio alto, restricción externa, exportaciones industriales, elasticidades de comercio exterior, la demanda interna no funciona sin dólares, empleo privado.


Un lenguaje bien distinto al conformismo explicativo de esos economistas que se quemaron con leche en el ´89 y el 2001 y hoy justifican el programa oficialista con beneficio de inventario de los errores no forzados (Moreno y el manejo de impos,  la gestión Marcó del Pont del BCRA, el cepo, la devaluación sin dólares de Kicillof-Fábrega, etc), expresando un pragmatismo defensivo (“no se puede hacer otra cosa de lo que se hace”) que se parece demasiado a la fe testimonial del converso, y muy poco al decisionismo intuitivo hacia adelante que se le reclama al partido del orden para que siga siendo tal.

miércoles, 21 de mayo de 2014

La renovación y la prosa de los votos*


No hay escuelas superiores, los centros doctrinarios que quedan son espacios de la memoria, los institutos históricos son el hobby enciclopedista de los nostálgicos y la efímera calentura intelectual de los recién llegados. El Museo Evita es el recorrido pop que hace la clase media alta para reafirmar las afinidades estéticas adquiridas durante la politización kirchnerista.

Una visión modernista de la política podría afirmar todavía el vínculo causal que existe entre la producción intelectual y la renovación de las ideas políticas. Una mitología que remite al partido de cuadros, los congresos, los documentos.

Aún sustentado en la praxis, el peronismo que lideró Perón promovía (como partido de Estado) la obligatoriedad escolar del militante y la exigencia de actualizar doctrina como parte de la glorificación evitista del empleado público y la enfermera.

Para Perón la formación educativa del militante era la semilla de las renovaciones futuras que habrían de transitarse con el patrocinio de su liderazgo. Pero la muerte del líder coincide con una época de fuerte crisis y reforma estructural del capitalismo mundial que impacta en la política: los electorados dejan de aceptar ese romanticismo decimonónico que todavía persistía como el factor estructurante de las ideas y acciones políticas.

Comprender la relación entre democracia y mercado a la hora de producir política sería la llave para la construcción de nuevos liderazgos y representaciones.

En la Argentina, ese tiempo llegó algunos años antes de 1983 y el consenso alfonsinista interpretó mejor la esperanza social y demócrata (en un sentido no ideológico) de la sociedad frente a un peronismo que había sobrevalorado el posibilismo continuista de su propuesta electoral.

La apertura democrática encuentra al peronismo derrotado y conducido por Las 62 Organizaciones, inmerso en una profunda lógica defensivista que la organización sindical provee eficazmente para sostener al movimiento mientras dura la represión y la ilegalización de los partidos políticos, pero que a esa altura conspiraba contra la recuperación de capacidad electoral del PJ como partido productor de poder y creador de representación.

El surgimiento de la Renovación Peronista obedece a una necesidad operativa y solo secundariamente ideológica, aunque ambos componentes estaban enlazados en la disputa contra Las 62 y algunos feudos provinciales.

La profunda discusión intrapartidaria fomentada por los renovadores (congresos, afiliaciones, producción intelectual) es posible porque el peronismo no controla el Estado Nacional y ve reducido su índice histórico de gobernaciones provinciales: cuando las corbatas desplazan a las camperas del control partidario y aparece en el horizonte la posibilidad de disputar nuevamente el poder presidencial, toda esta discusión intrapartidaria pasa automáticamente a segundo plano.

Teorema del peronismo (pos) moderno: el debate de ideas en la trama partidaria es directamente proporcional a la lejanía del Estado.

Además de la modernización institucional partidaria para volver a ganar, la Renovación encara una refacción ideológica bastante difusa y divorciada de la coyuntura económica, que oblicuamente dejaba traslucir cierta incomprensión de aquello que socialmente ya estaba integrado en el consenso alfonsinista: a la indiscutibilidad de la democracia liberal como esquema básico de la tramitación política de los conflictos sociales, la Renovación oponía un concepto ambiguo y abstracto de democracia social-popular, una institucionalidad al uso nostro peronista que la sociedad ya no reclamaba por considerarla satisfecha con la prosa parquenortista de Alfonsín y la efectiva restauración de la democracia que operó el radicalismo.

Así, el debate ideológico que proponía la Renovación funde a negro y transita hacia un no-lugar de la realidad política cuando Menem gana la interna de 1988.

La otra renovación silenciosa del peronismo en esos años, menos hablada y menos receptada por el soporte literario, es la que se desarrolla al ritmo de la reconversión económica del país: la mano de obra desocupada de las regionales sindicales pasa a cumplir funciones en los territorios civiles a los que la pobreza mejor se adapta (Curto), lugar donde ya estaban los punteros recolectados por la dirigencia intermedia renovadora (Duhalde).

De esta constelación orillera nacen las estructuras territoriales que van a elegir al peronismo como eje de su política transaccional y de representación político-electoral. Este tramo va del reparto de la caja PAN a la modificación del PJ como partido clientelar de masas.

El proceso renovador de los ´80 deja como huella candente del peronismo, más allá de los debates ideológicos y las reformas instrumentales promovidas, la idea de electorabilidad como un nuevo perfil de liderazgo y representación que comprende perfectamente las nuevas relaciones entre democracia, mercado y política.

En definitiva, que comprende la nueva cultura de consumo de la sociedad que le toca gobernar.

Esa electorabilidad no surge del “texto” de la Renovación, sino de los hechos producidos por la puja intrapartidaria (que ganó la Renovación).

En este sentido, y pese a los ríos de tinta derramados por la revista Unidos, podemos decir que el producto intelectual mas genuino de la Renovación está reflejado en el liderazgo y la representación que va a encarnar Carlos Menem, y luego, como parte de la misma generación de presidentes, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

El político peronista que surge de la Renovación encarna un liderazgo hecho a si mismo, que construye su capacidad electoral con materiales que encuentra fuera de la política tradicional: en los medios, en la imagen, en protocolos no políticos para relacionarse con la sociedad, en una renovación del lenguaje político que disminuye las expectativas líricas puestas en palabras-idea como “pueblo” o “movimiento” y guarda para consumo interno la mayor parte de la simbología sonora y visual del peronismo originario.

El político peronista pasa a ejecutar el populismo en las formas, los gestos y los actos de gobierno, y no ya en el texto desde el cual enuncia la política.

Con improntas propias, los liderazgos de Menem y Kirchner están atravesados por estas características que reflejan la manera en que el peronismo resolvió los problemas que ofrecía la posmodernidad a la tradición política populista.

Con la vuelta del peronismo al poder en 1989 y su progresiva conformación como partido de gobierno que modifica la conformación bipartidista del sistema, las posibilidades de la discusión partidaria como fuente de innovación ideológica se reducen drásticamente.

El alfonsinismo no puede garantizar la estabilidad socio-económica del país y el peronismo asume las misiones pendientes: liberalizar la economía para estabilizarla y destruir al partido militar para darle una consolidación realpolitica a la democracia.

La eficacia relativa de la tarea unge al peronismo como el partido del orden democrático, aquel que garantiza una administración estable de la economía y de la conflictividad social por su mayor capacidad de representación y tramitación concreta de la política entre los sectores más pobres de la sociedad, pero también (y cada vez más) entre la clase media despolitizada que no encuentra cauces de representación en los partidos no peronistas.

Ya sea para administrar situaciones de ajuste (Menem), crisis terminal (Duhalde) o distribucionismo (Kirchner), el peronismo no puede ya disociarse del manejo del estado, de la gestión, de cierta cárcel weberiana que le deteriora la oxigenación política e intelectual, pero que lo fortifica como partido de poder.

Los que hablan la política son los que ganan, los que gobiernan.

La música peronista la toca el que lidera, el que capta el orden político internacional de su época y lo traduce mejor a representación local, el que escribe la partitura módicamente populista de su tiempo.

Las sucesivas “éticas de la responsabilidad” posponen la palabra de las bases.

La “salida” no se cuece en el debate partidario sino en el nuevo liderazgo que irrumpe.

El kirchnerismo sembró una pretensión renovadora vinculada a la promoción de los jóvenes en la política. Una operación estética que pone la mira en la generación juvenil de los ´90 recuperando una concepción de la producción política sobre el eje romantizador-idealista en el marco de la fundacionalidad kirchnerista, pero que al omitir la transformación política del peronismo realmente existente durante los ´80, prescinde de una lectura equilibrada de la política y  el poder que es constitutiva, precisamente, de cualquier pretensión renovadora del peronismo.

Los que ganan, renuevan. El triunfo legitima la palabra política novedosa. Lo que separa a La Cámpora de los Massa e Insaurralde no es la ideología, es la hermenéutica.

Para éstos últimos, la política no tiene fecha cierta ni se historiza, no vieron un big bang político el 25 de mayo de 2003: son tipos que se profesionalizaron políticamente durante el kirchnerismo, pero tuvieron su educación sentimental allí donde los gobiernos de Alfonsín y Menem se iban enlazando en rupturas y continuidades (democracia, mercado, política y cultura) que reflejaron de un modo bastante realista los consensos silenciosos que firmaban al pie las mayorías sociales.

Cada vez más, y mientras no haya una crisis que lo desaloje súbitamente del Estado, los presuntos renovadores del peronismo serán aquellos que efectivamente quieran dar el debate de las ideas, pero con una previa construcción electoral de poder que los respalde en la palabra.

*(Texto original de uno similar publicado en Revista Crisis en octubre de 2013.)