domingo, 27 de diciembre de 2009

Putas (II)



Un minuto de silencio, para el abolicionismo de la prostitución que está muerto. Hubo un posteo francotirador que buscó desnudar las hipocresías del elitismo discursivo feminista sobre la cuestión social de la prostitución. Hubo respuestas indignadas, y aceptables. Hubo (ahora lo puedo decir) de mi parte un mail a Las/12 para debatir, que nunca fue contestado. Hubo una tira de comentarios lúcida que me hizo pensar que el estilete fue metido con justeza porque la cerrazón feminista dejaba un océano de cuestiones sin contemplar. Entre ellas, la de las chicas que intercambian polvos por dinero sin estar urgidas por ningún apremio material.

Pero ahora Las/12 se redime con una excelsa crónica minimalista sobre la vida cotidiana de las escorts, que por fin hace audible la voz de las chicas que no responden al arquetipo trágico de “la puta humillada” construido por el feminismo de barricada como único paradigma posible, y funcional a la condena abolicionista. Barricadas estratégicamente colocadas en las esquinas de Puán y Pedro Goyena, o en las de Junín y Marcelo T. de Alvear.

Si el testimonio de “las putas de lujo” no se hace audible en el debate de la prostitución, es precisamente porque la narrativa clasista  y estigmatizante de la academia feminista las excluyó arteramente: la puta fina no es pobre, no es iletrada, no proviene de “los pueblos originarios” (uff…) y no está en “un infierno” del que pide salir. Si no se ajustan al canon lucrativo de la biblioteca, ¿por qué habrá la barricada feminista de preocuparse por los pensamientos, sentimientos y tribulaciones de estas putas blancas que no piden ser salvadas en ningún seminario apócrifamente justiciero?

En la ingravidez del dormitorio silencioso, la puta blanca está tan sola como la negra, contiene el aliento y espera que del otro lado de la calle haya menos estigma que comprensión.

La crónica de Las/12 es la tardía aceptación de un verismo acantonado en las ciudades, insoslayable. Para la teoría feminista, se trata de la dolorosa asimilación de su propio estallido argumental, el abolicionismo devenido ruina retórica: ya no es posible aderezar la ensalada tragicista que sazona con impunidad trata de personas, represión al cliente, explotación sexual, proxenetismo, coacción y maltrato como núcleo duro explicatorio de la prostitución. Muchachas feministas en flor, dejen que sus nucas sean acariciadas por el sol del atardecer.

Dejen, muchachas, que estas putas blancas les cuenten esa silvestre decisión de optar por una putez  de las convicciones.

Escuchen, con amor, como la puta blanca se caga en la conciencia de género, así como el obrero lúcido se caga en la conciencia de clase.

Presumo que la matriz analítica de las sub-ramas del pensamiento progresista está en abierta contravención con la lógica que las relaciones sociales asumen (y cada vez más) en las tibiezas del agua capitalista.

Para que el progresismo cultural vuelva a ser respetado, debe matar su buena conciencia. Como bastión de un pensamiento moderno fenecido, debiera revisar hasta el hueso el epicentro político de los discursos sobre injusticia y sometimiento (la opresión no es lo que solía ser), porque las interpretaciones vigentes atrasan y se desvinculan de los ¿nuevos? comportamientos que naturalizan situaciones que el pensamiento progresista sigue viendo como impugnables, en contra de toda facticidad.

En el caso de las escorts (en realidad un complejo universo que va desde la flaca de un privado que cobra 150 mangos hasta la vedette que cobra en dólares y con clientela vip, pasando por las universitarias –podría ser su hija, señor- y las bailarinas), se niega y desvaloriza lo que ellas dicen de sí mismas. “...Siempre fui ambiciosa. (…) Un día busqué en los avisos del diario. Decía ‘trabajo cómodo, tanta plata, buena presencia’. Llamé y corté, hasta que me animé. La voz de una señora dijo ‘te tengo que ver’. Era en Boedo. Ella atendía el teléfono y el marido era taxista. Al principio sentía curiosidad. No ganaba tanto. Seguí estudiando. Alguien me contó que en una agencia podía hacer más. Así fue. Después, pasé a un privado. Eramos dos chicas, perro y gato. Las relaciones son difíciles. Publiqué en la web, me independicé.”  Ojo, porque la señora que atiende el teléfono y el tachero son sectores populares a full, y la chica está lejos de verlos como “diabólicos fiolos”. Es más, lo que se narra ahí es una iniciación y ascenso laboral en busca del progreso económico. La escort se independiza (como pedía Simone de Beauvoir) del mismo modo que cualquier mujer en otro empleo.

El problema de la puesta en juego del cuerpo femenino como explotación y opresión desvela a la socióloga que no ha pasado por ese trance, pero no a la puta voluntaria que ve la cosa como gajes del oficio. “Si no tengo ganas, no puedo poner cara de culo. El cuerpo humano es una máquina, te acostumbrás”. La mecanicidad de la fricción corporal no es exclusivo patrimonio de la prostitución, y marca tendencia en las escenas estancadas de la vida conyugal: novias y esposas pueden ser putas descalcificadas, sin la motivación seca del bienestar ecónomico. La Severine de Belle de Jour es algo más que la metáfora de la represión inconsciente de la mujer burguesa: es realismo puro y duro en la urbe tardocapitalista, sólo que a la cosmovisión progre-feminista le cuesta asumirlo porque varios se quedarían sin laburo.

¿Qué es para una escort de luxe estar “en situación de prostitución”? Nadie niega que la putez es un sendero con espinas, que dificulta la vida amorosa y familiar, pero estas chicas no van a dejar todo para proletarizarse en un “empleo digno” por un salario de miedo, cuando haciendo petes a desgano levantan en un día más que lo que mujeres concientizadas ganan en un mes. No hay nada más perverso que el sacrificio para una fe altruista, si con ello queda interdicto el deseo.

Lo insoportable para la academia es que las putas blancas se den el lujo de comparar con escandalosa parsimonia su trabajo con otros. “Quiero terminar de pagar el auto, comprar un departamento. Después una Toyota SW4. Mirá”. La foto de la camioneta es su tapiz de celular. “Abro el teléfono y me recuerda no gastar. Sé que no la ganaría en otra cosa. A veces te toca alguien que no te gusta. Le pongo onda. Peor el pico y la pala.”

Lo insoportable es que sean parte del Pueblo capitalista que quiere consumir y progresar, y no del pueblo político de las oprimidas en lucha.

 “-Hay quienes piensan que la prostitución es una clase de opresión.

–Lo escuché, no me siento víctima. Sé que hay chicas explotadas y me preocupa, pero es otro rollo, mafias y delincuentes. Lo mío es independiente. Lo elijo. Si volviera a nacer lo elegiría otra vez. Lo único que no volvería a hacer es trabajar en el shopping.”

Las escorts son pibas kirchneristas que no tienen el póster de la Lubertino en el dormitorio.

 La exaltación de la escena prostibularia como ilegal, delictiva y opresiva que hace el feminismo clasista y combativo lo une al resto del establishment intelectual, con el que comparte el reproche estigmatizador hacia las putas (las negras y las blancas), construyendo el rendidor mito del infierno. “Ojo: este laburo no tiene el dramatismo que pintan las películas, es tranqui, sobre todo de día.”

Lo insoportable es que estas mujeres instruidas digan que sus clientes no son una sucesión de golpeadores, y que hagan patria al anular a los 840. Las chicas piden el blanqueo existencial: obra social, monotributo, tarjeta de crédito. Desde la paraguayita que hace bucales sin por 15 pesos en Santiago del Estero y Pavón hasta la universitaria de colegio inglés que tiene su depto autónomo en Santa Fe y Scalabrini Ortiz, piden laburar en paz. Piden Estado. Piden visibilidad, porque la dignidad ya la tienen.