jueves, 15 de octubre de 2009

Putas


El debate sobre la prostitución desde costas feministas está empañado. Por la hipocresía de un relato intoxicado de buena conciencia y torremarfilismo. Relato construido en aulas, en departamentos universitarios de especialización, en programas de investigación que sólo se justifican para darle lozanía al currículo y apilar monografías en los depósitos de Puán y Marcelo T.

Frutos pútridos de la endogamia que hace a la suave dictadura cultural del progresismo, esa bondad soviética que baña el cuerpo intelectual y lo transforma en zombie de “la verdad”.

Del debate que desde sede feminista se promueve sobre la prostitución la voz que menos se oye es, justamente, la de la prostituta; como del debate sobre la pobreza, la voz sustraída es, convenientemente, la del pobre. Los acordes de la mandolina no se oyen fuera de stalingrado.

Debatir la prostitución es ingresar a una compleja trama de relaciones: el rol del cliente, la explotación sexual y la trata de personas son grandes titulares del temario que impone cierta literatura especializada. La primera falla que veo en la postura feminista-abolicionista es la mirada estereotipada y lineal que se tiene de la prostitución: una distorsión habitual cuando se hace vanguardismo ético desde la terraza.

El suplemento femenino Las/12 hace un lúcido tratamiento de la cuestión de género. Yo confieso ser un fiel lector de Las /12 desde hace años, y puedo constatar el paulatino declive creativo de la publicación: el exquisito ensayismo de María Moreno ido no pudo ser compensado, me dicen las mujeres, y yo asiento.

Las/12 debate la prostitución y la punición del cliente: llaman a diez tipos (artistas, políticos, y obviamente, un par de universitarios que tienen la posta) que aparentemente deberían opinar sobre el vínculo entre cliente, prostitución y trata.

La cronista que hace el informe presupone de entrada una única tipicidad de prostitución, cayendo en un aventurado simplismo que recorta ampliamente el vasto y complejo universo de mujeres que se prostituyen.

Para la cronista, TODA prostituta es víctima, explotada sexualmente y producto de la trata de personas; esto es en muchos casos cierto, pero no en todos, por lo tanto no definen estos rasgos una esencia de la prostitución, común a todos los casos. Como dice el diputado Raimundi, no toda prostitución implica un caso de trata de personas.

Las tergiversaciones conceptuales que practica cierto feminismo académico ético-elitista provocan distorsiones en la valoración integral de la prostitución.

Yo quiero que de la prostitución me hablen las putas y no una socióloga de la uba con un master de género en Princeton. Yo quiero que de la prostitución me hable la compañera Elena Eva Reynaga y no Diana Maffía.

Cuando habla la puta aparece la paleta de matices y desaparece el moralismo condenatorio, se atenúa el tragicismo, se torna absurdo el paraíso retórico de los abolicionistas de salón (seminario, gacetilla y libro): fuera de los casos de prostitución infantil y prostitución no consentida derivada de trata, reducción a esclavitud y maltrato, que deben ser condenados, denunciados y penados, la prostitución puede significar diversas cosas según las experiencias vividas por la mujer. Para algunas, explotación y humillación, para otras, una elección y un trabajo. Para otras, una forma de escalar posiciones en la pirámide social y hacer una posición económica que no lograrían a través de ningún otro trabajo convencional.

Sobre la prostitución sobrevuela un estigma que condena, e invisibiliza la instancia de la opción: no se asume que (por las motivaciones que sean) la mujer en muchos casos elige la prostitución por encima de otros empleos menos cuestionados. No toda prostitución se origina en un estado de necesidad extrema, pero de esto poco se habla desde la mirada feminista.

Uno de los tipos que opina sobre el pago por sexo en el informe de Las/12, menta un discurso trillado que parece inspirado en la Neuchatel de Rousseau o en la Utopía de Tomás Moro, una sociedad ideal del amor y la armonía solidaria allende el capitalismo: recorre desgastados espineles teóricos como la diferencia entre genitalidad y erotismo, y la relación intrínseca entre prostitución y capitalismo como supuestos argumentos abolicionistas. Un clásico bien pensante que dice lo que la minoría esclarecida quiere escuchar, pero que no tiene ninguna relación con lo que pasa en la realidad. (El abolicionismo a la prostitución es lo que la revolución a la vanguardia política: una enaltecedora forma de evitar mirar la aspereza de la realidad y operar sobre ella en la medida de lo posible. Bondad soviética.)

Prostitución y capitalismo me recuerda a Walter Benjamín (“la prostituta, sostén y esencia del capitalismo”), ese gran creativo intelectual que portaba la ingenuidad redentoria de la que sabiamente carecía Adorno. Pero Benjamín advirtió que la era capitalista equiparó la prostitución al trabajo, ambos como formas de explotación perfectamente internalizadas por la sociedad popular. Y agrego: la prostitución no es privativa de un único modo de producción económico. Discutirlo en esos términos es un anacronismo político y filosófico.

En todo caso, la cuestión de la mercantilización y la mecanicidad del sexo remite a un drama generalizado e irreversible que atraviesa a toda la sociedad contemporánea, y que se podría designar como la degradación moderna de las relaciones afectivo-amorosa-erótico-sexuales, y la aparición de nuevas prácticas y costumbres que hoy por hoy no indignan ni escandalizan a nadie.

¿Se puede decir que la genitalidad y la mecanicidad en la relación sexual son exclusivas de la prostitución? Ni en pedo.

¿Cuántas relaciones matrimoniales, de pareja, de noviazgo, touch and go, filitos y cogidas al paso están signadas por esos dos rasgos que erróneamente se intentan fijar como privativos de la prostitución? Una bocha, loco, una bocha.

Llamado a la solidaridad: se necesita con suma urgencia que el feminismo académico de paper abandone el núcleo hipócrita que rige sus análisis sobre la prostitución.

¿Cuántas relaciones humanas legales se construyen sobre la base de diversas y sutiles explotaciones, incluida la sexual, como para poner el dedo acusatorio sobre la prostitución?

Hay que sincerar. Decirle a la puta que lo que hace está mal es fomentar una culpabilización destructiva que no la ayuda en nada. Es no hacerse cargo de sus vivencias existenciales, es no oír su palabra.

Sobre la zoncera “la prostitución como esencialmente capitalista” hay poco que decir: yo quisiera saber si en aquellas sociedades que lograron erradicar la miseria (y con ella “el lumpenaje retardatario”, como diría el barbeta de Tréveris), satisfacer las necesidades básicas del ser humano y construir un hombre nuevo a través de una tormenta ética y política, desapareció la prostitución.

Sociedades socialistas que le garantizaron a sus pueblos la igualdad de oportunidades y la libertad de elegir, y  muchas minas van y eligen ser prostitutas. ¿Cómo se entiende? Cuba, Europa del Este y China no dejaron de tener putas en sus calles (o invisibilizadas en la clandestinidad) por no ser capitalistas. Yo quiero que la historia del socialismo real me la cuente una jinetera.

Acá se anuda la parcialidad del argumento que asocia prostitución y pobreza (este es el perfil dominante del discurso feminista que busca ser totalizador) y de esta manera niega que hay amplios corredores de prostitución que no se originaron ni en la coacción, ni frente a un estado terminal de supervivencia.

¿Hay acá un tabú? No lo sé, pero es interesante ver como queda sustraída del análisis la prostitución de lujo: ese mundo de escorts, acompañantes o chicas que cobran desde 5 lucas la noche o en dólares. Yo les preguntaba a mis amigas mujeres cómo podía ser que minas famosas que ocupan un lugar en el parnaso del espectáculo (y que podrían vivir con holgura sólo como vedettes, modelos, conductoras o actrices) se siguen dedicando a la prostitución, cuando nada ni nadie las apremia para hacerlo: mis amigas respondían de modo disímil, pero ninguna me dijo que lo hacían por necesidad.

Otra cuestión poco difundida es la de la concertación de clases entre cliente y prostituta cuentapropista: existe todo un circuito de prostitución donde las partes intentan eliminar la intermediación de los 840.

Espero que Las/12 haga un informe sobre estos temas.

Los países más progresistas del mundo tuvieron respuestas variadas para la prostitución. Suecia apostó a una tendencia abolicionista penalizando al cliente, la prostitución disminuyó dentro del país, pero aumentó el turismo sexual en el resto de los países nórdicos: objetivamente, la prostitución se mantuvo.

Holanda optó por la legalización, para proteger a la prostituta en sus condiciones de existencia concreta.

En los países latinoamericanos, los saltos cualitativos de inclusión popular no pudieron plasmarse sino a través de la intervención del Estado. El Estado actuando políticas pudo modificar situaciones de invisibilidad. El Estado debe reconocer una situación que aparece clandestinizada, y que perjudica a la puta en tanto no es reconocida como sujeto de derechos, que le permita al menos, en un primer paso, estar protegida frente a los abusos de hecho y de derecho.

Leía este artículo sobre el rol del cliente y pensé en una  vieja entrevista que el mismo suplemento le hizo a Elena Reynaga. Una entrevista crucial y decisiva para entender muchas cuestiones que la elite feminista debería. Y porque allí se blanquea la fabulosa interna del feminismo nacional.

“Para las mujeres que lean esta nota, la pelea no es contra nosotras sino que tiene que ser por nosotras. Porque siento que en estos años, cuando Ammar más crece, el movimiento de mujeres nos trata de invisibilizar. Y la verdad es que nos puede doler el palo de la policía, pero también nos duele que en el Encuentro Nacional de Mujeres hayan vaciado nuestro taller porque nosotras decidimos que se llamara ‘Mujer y trabajo sexual’. Si esto no es discriminación, si no es ejercer un poco el patriarcado contra nosotras, que me lo cuenten de otra manera”.

 

El elitismo feminista como dictadura cultural. Bondad soviética.

 

Pasa con la prostitución lo mismo que con el aborto. Se trataría de reconocer una práctica que existe, pero que al permanecer hipócritamente en situación de clandestinidad e ilegalidad, perjudica y lesiona la vida de las mujeres. Legalización es la posibilidad de un Estado activo que proteja a través de políticas concretas. No sirve declamar moralismo, y llama la atención que la vanguardia feminista no pida la legalización de la prostitución, la sindicalización de las putas y el acceso a los servicios sociales de muchas mujeres que hoy son maltratadas por la penumbra vaporosa de la clandestinidad.

 

 –Sin embargo, es difícil igualar un trabajo con una situación de prostitución, en la que la subordinación del cuerpo y la subjetividad al cliente es decisiva.

–¿A vos te parece que una señora que vive veinte años con un señor meramente por miedo, porque cree que no puede hacer cosas sola, no mete algunas cosas de su subjetividad también, que no pone el cuerpo? Me parece que la discusión la hacen otras, no la hacemos nosotras. Tampoco está cerrada entre nosotras. Pero a las trabajadoras sexuales nos echaron la culpa de todo. (…) En todo caso, lo que digo es que hay una sociedad tremendamente hipócrita que mientras nos discrimina y no nos acompaña en los reclamos, se dedica a discutir qué debería ser de nosotras. Algunas personas que hablan de nosotras deberían primero preguntarnos. Por empezar: nosotras no hablamos en nombre de todas las mujeres, porque me parece que eso es soberbia”.

 

Leo y pienso: en nuestro país, los parciales pero concretos avances en la democratización real de la vida cotidiana femenina fueron logrados por discursos y movimientos políticos que nunca estuvieron relacionados con el feminismo teórico.

 

“Yo no veo a muchas de las que hablan del tráfico y la trata de personas en los prostíbulos donde nosotras sí estamos y muchas veces tenemos que mentirle al dueño para poder entrar, ver lo que está pasando y después denunciar. Eso es trabajar contra el tráfico, no sentarse frente a la computadora y elaborar hermosos documentos y libros. Las mujeres que dicen pelear por las mujeres son las que nos quieren poner a nosotras en el paredón. En vez de decir “chicas, acá estamos” y empezar realmente a ser democráticas.”

 

Cae la noche, y se oyen los tambores en las puertas de stalingrado. Bondad soviética.

 

“– ¿Por qué creés que esta unidad no se da?

 –Porque empezamos a pensar y a decidir por nosotras mismas. Creo que ésa es una de las molestias que se tiene. Nosotras no somos intelectuales, muchas no tuvimos la suerte de ir a la escuela, sin embargo nos atrevimos a pensar, a soñar y a pelear por los sueños. Y eso parece que no se nos perdona. (…) Sin embargo, a las que peleamos ni siquiera nos vienen a hacer notas. ¿Por qué? Porque no se pueden bancar que una negrita que vino de la villa, que no sabía leer ni escribir, que se paró treinta años en una esquina, se haya atrevido a soñar, a pelear y a dar la cara: a hacerse cargo de que vivió toda la vida. Yo me hago cargo y me siento orgullosa, profundamente digna de lo que hago. Jamás renegaré de haber vivido treinta años del trabajo sexual porque gracias a eso pudimos visibilizarnos en este país y derogar los edictos policiales y los dos artículos que penalizaban el trabajo sexual en Paraná. Gracias a todo eso, nosotras hoy estamos peleando por la despenalización en todo el país.”

 

Leo  esta entrevista memorable  y pienso: en los anacronismos teóricos del feminismo, por ejemplo, para valorar las representaciones de la mujer en el porno.

El antipornografismo trasnochado de Dworkin y Mc Kinnon que evalúa como real algo que es representación (en este caso de la mujer), que es aplicable a todo procedimiento artístico.

Hoy el cine porno no indigna a ninguna mujer, muchas lo consumen sin filosofar, y algunas directoras como Sandra Uve, Erika Lust y Annie Sprinkle filman porno desde una estética propia sin victimizarse. Y no son precisamente, mujeres machistas.

 “Tenemos una utopía porque peleamos por una sociedad más justa. ¿Cuál es la utopía nuestra? Que algún día ninguna mujer tenga la necesidad de pararse en una esquina para sobrevivir. No estoy diciendo que no haya más trabajadoras sexuales. Estoy diciendo que en un país donde realmente haya equidad, igualdad y democracia seguramente las mujeres no tendrán que ir a limpiar pisos, ni a un prostíbulo, ni pararse en la esquina obligadamente, ni hacer tantos otros trabajos que a muchas no les gusta hacer. Pero si hay mujeres que quieren seguir ejerciendo el trabajo sexual, que sepan que tienen una organización que las respalda y que este trabajo no es indigno.”

 Prostitución y estigma. El dedo acusador es el de la mano izquierda, y la mano derecha.

 “-¿Qué pensás de la posición abolicionista sobre la prostitución?

–Creo que hay una falta de respeto cuando se debate sin que estén las partes involucradas sobre la mesa. Cuando en el Congreso se debate el tema de tráfico de personas y están las que hablan “en nombre de”, a mí me parece una falta de respeto. Cuando hay debates sobre prostitución deben invitar a las mujeres que están en situación de prostitución. Hasta que las protagonistas no estén presentes, yo no les creo a esos debates. Sólo participé en uno, al resto no nos invitan.”

 

Madrugada y final. Endogamia y dictadura del discurso. Bondad soviética.